jueves, 12 de octubre de 2017

COSAS QUE YA NO EXISTEN

La España contemporánea no podría ser más distinta de la que yo conocí en mi lejana infancia, allá por los pintorescos años sesenta y setenta. Tanto es así que hay cosas que sencillamente han desaparecido del mapa para siempre jamás.
Una de las cosas que más añoro son los gorros de baño que usaban cuando yo era pequeña las mujeres de cierta edad para bañarse en el mar o en la piscina, porque llevaban peinados primorosamente crepados, obras maestras de la ingeniería capilar, y por nada del mundo habrían sumergido el pelo en el mar. Nada que ver con los funcionales gorritos que se ponen los nadadores de competición. Aquellos gorros de goma de mi infancia eran el equivalente de los sombreros de la reina de Inglaterra, pues estaban cubiertos de todo tipo de complicados adornos, generalmente florales, aunque vistos desde lejos también tenían algo de casco de guerrero. Una tía abuela mía tenía varios modelos, a cual más espantoso, aunque ella se creía una reina de la elegancia cada vez que se metía en el mar, con su cabeza embutida en uno de aquellos impresionantes artefactos. A mí también me encantaban aquellos gorros, y me los encasquetaba siempre que quería sentirme mayor e imitar a los adultos. Ahora daría lo que fuera por encontrar uno y ponérmelo en alguna playa abarrotada cuando tenga ganas de no pasar desapercibida pero, lamentablemente, no los he encontrado ni en los mercadillos de segunda mano.
Otro de los animales en vías de extinción son las fajas de cuerpo entero, por lo general de ese espantoso color llamado «carne», aunque por suerte ningún ser humano tiene esa tonalidad de piel. Pese a que recuerdan un instrumento de tortura, las mujeres de la época, con mi madre a la cabeza, no dudaban en embutirse en ellas, lo que implicaba comprimir cruelmente sus carnes para lucir mejor tipo. Popularmente se las conocía como «frenapasiones», pues no sólo eran de una fealdad estremecedora, sino que ponérselas y, sobre todo, quitárselas era una tarea larga y heroica que podía desanimar al amante más apasionado. El día en que, hace unos años, vi que mi madre ya no usaba faja en su vida cotidiana, comprendí, no sin cierta tristeza, que yo ya había ingresado en las filas de las mujeres con pasado.
Lo que casi nadie echa en falta es el luto. La costumbre de que toda la familia vistiera de negro durante años cuando un miembro de ella fallecía era toda una institución. Y también una tragedia para las mujeres jóvenes de la familia enlutada, que no sólo debían vestir de riguroso negro, sino que no podían asistir a fiestas ni entregarse a frivolidades como dejarse cortejar por un admirador, de modo que sus vidas, tal y como lo refleja Federico García Lorca en La casa de Bernarda Alba, quedaban en suspenso. De ahí que la generación de mi madre no pueda entender como a sus hijos nos gusta tanto vestirnos de negro.
Claro que a veces el pasado hace de las suyas. Me hallaba yo hace unos años en Madrid, deambulando tranquilamente por el paseo de la Castellana, cuando de pronto, centenares de ovejas pasaron por allí con sus pastores (como en la soberbia foto publicada en el número de Ecos de septiembre) y convirtieron el paisaje urbano en algo absolutamente surrealista, con música ensordecedora de cencerros y balidos. Yo ignoraba que, en la fiesta de la trashumancia, que recuerda la época de las cañadas reales, que eran vías reservadas al paso del ganado, las ovejas recorren masivamente las calles de la capital, como una regurgitación de ese pasado que creíamos muerto y enterrado, pero que a veces regresa, como un fantasma juguetón, para dejarnos pasmados y con la boca abierta de pura y deliciosa perplejidad.



Mercedes Abad    

jueves, 28 de septiembre de 2017

RENIEGOS

Ian Gibson, conocido hispanista de origen irlandés que reside desde hace años en España y nos conoce mejor que nosotros mismos, dijo el otro día en la radio que no hay reniegos como los españoles. Luego contó que se quedó perplejo la primera vez que oyó exclamar a alguien: «Me cago en la hostia de canto». «Por qué de canto», preguntó pasmado. «Pues porque así se ensucia por los dos lados», fue la respuesta que obtuvo.
            Yo creo que Gibson tiene más razón que un santo. Si pienso en mi infancia, no tengo más remedio que admitir que los españoles somos muy mal hablados y sin duda ganaríamos un campeonato mundial de reniegos. Mi abuelo paterno, un hombre que por otra parte iba a misa casi todas las semanas, soltaba unas blasfemias que me dejaban sin habla. En mi recuerdo, su favorita era: «Me cago en el gran copón», aunque mi hermano sostiene que lo que decía era: «Me cago en el copón bendito». En cualquier caso, parece que, de pequeña, yo andaba muy preocupada con este asunto y que un día la familia estalló en risotadas cuando yo pregunté: «Mamá, ¿y quién va a limpiar el gran copón?»
            Mi padre heredó de mi abuelo la tendencia al reniego. Cada vez que se irritaba, el santoral recibía nuevas y expresivas andanadas. San Cristóbal, antaño patrón de los camioneros y ahora de todos los conductores, era una de sus víctimas favoritas, ignoro por qué misteriosas razones. Pero el reniego que con mayor frecuencia decía cuando se enfadaba era: «Me cago en la leche». Tanto es así que, fatalmente, llegó el trágico día en que una de mis sobrinas, que aún  no tendría ni dos años pero que, para gran regocijo mío, ya hablaba casi sin errores la lengua castellana, empezó a soltarlo a todas horas, tan encantada con su adquisición lingüística como si se tratara de un juguete nuevo que hay que enseñar a todas las visitas. Cuando mi madre se dio cuenta, puso el grito en el cielo. Y, por supuesto, tomó rápidas e ingeniosas medidas, como un jefe de estado ante una emergencia: convenció a la niña, con un buen lavado de cerebro, de que había oído mal las palabras del abuelito, y que lo que éste en realidad decía era: «Me acabo la leche». Mi madre tuvo éxito con la niña, que aún estaba en la edad de la credulidad pero, durante una buena temporada, en mi familia nos pasamos la vida exclamando a menudo entre risitas y miraditas de complicidad: «¡Me acabo la leche!», lo que hacía que nuestros conocidos pensaran que estábamos mucho más chalados de lo que en realidad estamos.

Una amiga alemana, que como Gibson vive en España desde hace siglos, me contó que, cuando llegó al pueblecito de los Pirineos catalanes donde residió algún tiempo, le sorprendió la forma de saludarse de la gente. «¡Hijo de puta!», le dijo un hombre a otro al encontrarse en el bar. Mi amiga se apartó de ellos inmediatamente, porque, según contó, en Alemania, cuando alguien dice algo así, le parten la cara, de modo que ella pensó que aquello era el principio de una pelea en la que volarían los vasos, las sillas y las bofetadas. Sin embargo, para su gran sorpresa, los dos hombres se dieron un abrazo y se pusieron a charlar tan tranquilos. Mi amiga aún no sabía que, además de renegar, los españoles a veces insultamos como forma de de demostrar un profundo cariño.

BENDITO GPS

Permítanme embarcarme en un recuerdo infantil. Mis padres no solían discutir delante de nosotros, sus tiernos retoños. Pero había una excepción. Cuando los domingos íbamos de excursión, nunca se ponían de acuerdo en la dirección que debíamos seguir para alcanzar nuestro destino y entonces empezaba indefectiblemente la gran discusión conyugal. Así, por ejemplo, al llegar a determinado cruce, si mi madre decía que había que tomar a la izquierda, mi padre decía que ni hablar y giraba a la derecha o seguía recto y a mi madre le daba muchísima rabia. Y, cuando nos perdíamos, cosa que sucedía con perversa frecuencia, empezaba el festival de amargos reproches. «¿Ves?, ya te lo he dicho; ¿por qué nunca me haces caso? Por tu culpa siempre nos perdemos y venga a dar vueltas como tontos». La fase de mutuos reproches no duraba mucho, pero lo que venía después era casi peor porque entonces viajábamos en medio de un malhumorado silencio que estropeaba buena parte del placer de la excursión dominical. Y, además, en aquel estado de ánimo mis padres nos pegaban la bronca por cualquier cosa. De modo que, cuando llegábamos, los únicos hartos no eran mis padres, sino también nosotros. Después de dar vueltas y más vueltas, perdidos y con las eternas discusiones acerca de si había que ir a la derecha o a la izquierda, con mi madre que siempre quería preguntar la dirección a algún transeúnte y mi padre que se negaba a preguntar, nunca he entendido por qué, y los largos silencios hostiles, los niños llegábamos fatigados, sedientos, hambrientos y con unas ganas horribles de hacer pipí de una vez.
            Supongo que fue entonces cuando me juré a mí misma que jamás discutiría con el hombre de mis sueños por tonterías de ese tipo. En la vida no siempre es fácil saber lo que uno quiere. En cambio, casi todo el mundo tiene muy claro qué es lo que no quiere. Sin embargo, me avergüenza confesar que no cumplí mi promesa. A mi marido y a mí nos encanta viajar, pero llegar en coche a una ciudad desconocida  siempre ha sido un momento de gran peligro y tensión, capaz de poner a prueba el amor más incondicional y al enamorado más apacible y paciente. «Por aquí». «No, por allá». «Pero, ¿qué dices?, ¿no ves que es por allí?». «¡Pero si acabo de ver un cartel que dice que es por allá!» «¡Pues habérmelo dicho antes, caramba!». Entre la discusión y el estrés del tráfico, siempre conseguíamos llegar al hotel medio peleados y enfurruñados y casi arrepentidos de haber dejado el hogar, dulce hogar. Y tardábamos un buen rato en volver a disfrutar del placer del viaje.
            Pero eso fue hasta la invención del GPS, que son las siglas con las que se conoce el sistema de posicionamiento global inventado para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos por Getting y Parkinson, dos científicos que destacaron durante la guerra fría y a quienes todas las parejas deberíamos hacerles un monumento en señal de eterno agradecimiento, pues pocos seres humanos hay en este valle de lágrimas y amargas discusiones que hayan hecho tanto por la paz conyugal y la felicidad de los viajeros. No sólo ya no nos perdemos, en auto o a pie, ni discutimos por la dirección correcta, ni llegamos enfadados a nuestro destino sino que, guiados por la voz suavemente autoritaria del GPS, que tiene algo de niñera de adultos, ya no tenemos que estropearnos la poca vista que nos queda buscando calles y carreteras en los mapas, con lupa y a la luz de las farolas o de los faros del coche.      


martes, 1 de marzo de 2016

BALADA DEL AMA DE CASA

Cómo me gusta limpiar
y dejarlo todo
como los chorros del oro.
Mamparas resplandecientes
sin rastro de goterones,
superficies primorosas,
espejos relucientes
y suelos impolutos
sobre los que el gourmet
más exigente
vendría a merendar.

Me pirra erradicar
las bolas de pelusa
que moran en los rincones
y detrás de las puertas
y sólo salen de sus guaridas
cuando hay corriente de aire.
Entonces, las muy putas
hacen competiciones
para ver cuál corre más
y cuál llega más lejos
en su afán de ver mundo.
Por suerte yo estoy ahí
frenando sus ambiciones.

Aunque recoger pelos
con la única herramienta
de mis propios deditos
es entre todas mis cruzadas
la más gratificante
porque no se acaba nunca.
Recoges uno, recoges dos,
pelo a pelo, y otro más,
con absoluto fervor
y dedos temblorosos
de la más pura emoción
y en ese preciso instante,
de tu larga melena
otro pelo se escapa
más largo y grueso aún.

Heroica como Sísifo,
(¿Qué digo?
Sísifo a mi lado
era un aprendiz.)
armada de bayetas,
escobas y piruletas,
cubos, mochos y esponjas,
estropajos, cepillos
y tóxicos detergentes
fatalmente adictivos,
cuyas emanaciones
me embriagan un poco,
escruto mi nuevo piso
mi suelo nuevo
mis baldosas y mis puertas nuevas
mis espejitos nuevos
mis pilas nuevecitas
mis cristaleras nuevas
con todo ese paisaje
que se despliega detrás y
que un atisbo de mugre
podría contaminar
atenta a la menor mácula,
ferozmente feliz al descubrir
una miga, una mancha,
un goterón, una pelusa, un hilo,
un bicho despanzurrado
contra una ventana,
un cerco de grasa
en una superficie
o un pegajoso resto
de comida
en el suelo de la cocina.

Cuando no sé qué hacer,
cuando empiezo a aburrirme
o cuando mis pensamientos
son la peor tortura,
no hay nada como lanzarme,
papel de cocina en mano
y una dosis generosa
del bueno de Vitroclen
(Power Cream,
único recomendado
por Balay y por Siemens,
AEG, Teka y Bosch),
a limpiar la vitrocerámica
frotando y restregando
y volviendo a frotar
con energía y pasión.

Sí, sí, ríanse
mientras puedan
de mis vicisitudes,
adictos del futuro.
Yo también me burlaba
sin el menor recato
de las neurasténicas devotas
de la escoba y el mocho,
pero desde que he estrenado piso,
tan flamante y tan nuevo
tan en primera línea,
tan requete tan tan,
el Tenn y el KH7,
el Viakal y el Glassex
son mis aliados
y limpiando exulto
y briosamente corro
sin corcel y sin potra
ni nardos ni caracolas
tras una mota de polvo
y, si caigo en depresión,
en vez de ir al psiquiatra,
agito mis dos plumeros

y vuelvo a levitar.

jueves, 16 de julio de 2015

CUANDO NADIE NOS VE

No hay duda de que somos animales sociales. La especie humana, desde el hombre de las cavernas al ciudadano tecnológico de hoy en día, necesita a su amado prójimo para mil y una cosas, tanto para construir piedra a piedra una catedral gótica, una pirámide o un rascacielos como para relajarse después de la dura jornada laboral tomando una cervecita, jugando una partida de cartas, comentando las incidencias del día con los amigos o disfrutando de una estimulante sesión de gimnasia erótica en buena compañía.
         Contemplados en grupo, somos formidables: seres esencialmente comunicativos y llenos de ingenio y curiosidad que han inventado sistemas muy complejos y admirables para satisfacer una necesidad básica de contarse cosas: ahí están las lenguas, los libros, el teléfono móvil, la música y el arte, los periódicos, la radio, el cine, Internet, las redes sociales y la televisión. Y más cosas que me dejo para no fatigar a los lectores con un inventario interminable.
         Sin embargo, fatalmente llega el momento en que los otros desaparecen del escenario de nuestra vida cotidiana o nos escabullimos nosotros y, al quedarnos solos, nos quitamos las máscaras que hemos utilizado para seducir, convencer o dominar a nuestros semejantes. De regreso a su hogar, la mujer más seductora del mundo se quita el maquillaje, se aplica una mascarilla verde en la cara que la hace parecer un monstruo procedente de un remoto planeta, se coloca rulos en el pelo y, tras despojarse de sus voluptuosas ropas, se pone una bata y unas zapatillas y luego se echa en el sofá a ver cualquier tontería en la televisión. Viéndola así, cuesta creer que acapare las portadas de las mejores revistas y que le paguen auténticas fortunas por asistir a fiestas y por anunciar tal o cual producto. Es más: podría quitarle a alguien el hipo de un susto morrocotudo. Entretanto, un poderoso magnate regresa a su casa después de un agotador viaje en la primera clase de un avión intercontinental. Como la mujer más bella del mundo, está solo en su casa. Se prepara un relajante baño de burbujas y, una vez en el agua, hace por fin lo que lleva un buen rato deseando pero, rodeado de gente, no se ha atrevido a hacer: hurgarse la nariz. Lo hace con tal entrega y abandono, con tal seriedad y tan apasionada dedicación, que habría que ser un monstruo sin corazón y sin entrañas para no conmoverse al cazarlo en un gesto tan humano. Pero la bella y el magnate no son los únicos que están a solas y se han quitado sus amables y civilizadas máscaras de animales sociales. También el gastrónomo o el cocinero de élite, a solas en sus cocinas, se hacen un vulgar bocadillo de sardinas en lata o un par de huevos fritos que comen con ruidosa ansiedad, engullendo como jamás lo harían en presencia de sus congéneres. Para no ser menos que ellos, el ser más espiritual y delicado del mundo, que lee tumbado en la cama poemas de Rainer Maria Rilke o quizá algún sesudo ensayo de un filósofo, se tira un pedito y aspira el olor con la misma fruición que si fuera el nuevo perfume de algún diseñador. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, está solo y nadie se ve obligado a soportar su ventosidad.
Quizá sea ese el precio de vivir en sociedad. Llevar una máscara educada y respetable resulta cansado a muy corto plazo y de vez en cuando todos necesitamos batirnos en retirada y cortar nuestra relación con el resto del mundo. Ahí, metidos en nuestras trincheras, a solas con nosotros mismos y sin incómodos testigos, todos gozamos del sencillo placer de hacer ciertas cosas que jamás haríamos en presencia de nadie, desde eructar a rascarnos de forma inconveniente o mirarnos al espejo de frente y de perfil escondiendo la barriga. Y el que diga que no, no es más que un mentiroso.

Mercedes Abad 

domingo, 7 de junio de 2015

APLAUSOS

Hay gestos cotidianos que todos hemos repetido centenares de veces a lo largo de nuestras vidas y que, sin embargo, conservan cierto hálito de misterio. El aplauso, por ejemplo. ¿Quién sería y en qué situación se encontraría el primero que palmeó sus manos para manifestar su alegría? Todos sabemos que los griegos ya aplaudían para mostrar su aprobación a una obra de teatro y que el emperador Nerón había llegado a contratar a 5000 personas para que aplaudieran sus intervenciones públicas. Durante un tiempo, también en las iglesias cristianas la congregación agitaba sus ropas para aclamar los sermones y, en pleno siglo XX, los teatros aún contrataban personas que, repartidas estratégicamente por la sala, aplaudían para animar al resto del público a unirse a ellos. Pero, ¿aplaudían ya los mujeres y los niños de las cavernas para mostrar su regocijo cuando los hombres cachas de la tribu aparecían con algún animal recién cazado que aseguraba la subsistencia durante unos cuantos días? ¿O bien tan sólo empezaron a aplaudir después de probar el primer bocado del nutritivo y suculento plato que la abuelita cocinaba con la pieza cazada? A mí me gusta imaginar que quizá el primer aplauso, y la primera ovación, surgió cuando algunos de los cazadores, el más dotado para la palabra o el más histriónico, se animó a relatar después de la cena, en la sobremesa, la emocionante cacería y cautivó a sus oyentes, que prorrumpieron en un aplauso clamoroso.
         Sea como fuere, no hay más que ver a los bebés y los chimpancés dando alegres palmadas con absoluta espontaneidad para darse cuenta de que el aplauso es una de nuestras costumbres más primitivas y antiguas. Pero si aplaudir es una necesidad fundamental de ciertos animales, el afán de que lo aplaudan a uno puede convertirse en un deseo obsesivo que impulsa a algunos a cometer las mayores audacias y las mayores locuras. ¿Qué no habrá hecho la humanidad para conseguir un poco de aplauso? Yo sospecho, en realidad, que las más excelsas de nuestras creaciones y nuestros más importantes descubrimientos tenían por objetivo último y a menudo inconfesable, por obvio e infantil, escuchar ese ruido que quizá sea la música más embriagadora de cuantas produce el universo. Ya lo decía Jaime Gil de Biedma en su magistral poema No volveré a ser joven: “Como todos los jóvenes/ yo vine a llevarme la vida por delante/ Dejar huella quería/ y marcharme entre aplausos”.
         En ese sentido, los políticos, los músicos, los actores y algunos pilotos de aviación nos llevan la ventaja al resto de los mortales, pues ellos son los únicos a quienes se aplaude al término de su actuación. Los demás tenemos que contentarnos con aplausos metafóricos. Claro que en España subsiste la costumbre de hacer regalos a ciertos profesionales. Los médicos, por ejemplo, reciben por Navidad montones de regalos, entre los cuales destaca el jamón, que es una versión quizá más materialista y sabrosa del aplauso, pero que a diferencia de éste, no sólo engorda el ego y la vanidad, sino también el cuerpo mortal, que luego debe flagelarse con crueles dietas para recuperar la cintura.
         Consolémonos pensando que quienes disfrutan a menudo la embriaguez del aplauso también corren el peligro de sufrir el abucheo, los silbidos de rechifla y el lanzamiento vejatorio de objetos diversos, desde tomates a huevos pasando por los diferentes tipos de hortalizas y frutas, sin olvidar el pastel de nata o de merengue o, más recientemente, el lanzamiento de zapatos. Porque, como señala el dicho popular, siempre nos quedará el derecho al pataleo.


Mercedes Abad  

domingo, 1 de marzo de 2015

ORIGINALIDAD

Yo siempre me he considerado una persona única, capaz de producir ideas maravillosamente originales. Pero sospecho que no soy la única. Seguro que también usted, querido lector, se tiene a sí mismo por alguien único y original. Es más: estoy convencida de que el 99,9% de los seres que hemos pisado este planeta a lo largo de la historia de la humanidad creemos (aunque en público lo neguemos) que somos únicos y originales.
            Por eso, cuando dos mujeres que se cruzan casualmente por la calle o, peor aún, en la alfombra roja de los Oscar de Hollywood, descubren que llevan el mismo vestido, aunque ambas tengan un gran sentido del humor, lo más probable es que a las dos les fastidie la coincidencia. Seguro que disimulan el fastidio con una sonrisa de circunstancias, sobre todo si son actrices, pero la primera reacción, la auténtica, sin duda será de disgusto. Lo mismo sucedería con dos caballeros que en el gimnasio descubrieran que llevan el mismo tatuaje en el mismo lugar. Uno pretende ofrecer al mundo una imagen singular y resulta que no es ni mucho menos el único, qué disgusto.
            Así las cosas, a nadie debe sorprender mucho lo que a continuación contaré.
A veces es muy difícil poner título a un libro, y más aún si es un libro de cuentos, porque entre los títulos individuales de los cuentos no siempre hay uno que sea lo bastante representativo de todo el volumen y lo bastante «sonoro» y atractivo como para emplearlo para el libro entero. Según mi experiencia, o bien el título del libro está claro desde el principio, o bien cuesta un montón de noches de insomnio, y no pocas discusiones con el editor, encontrar un buen título. Pero ya desde antes de empezar a escribir mi último libro, cuando aún no sabía si serían cuentos o una novela, tenía clarísimo el título: La niña gorda. En realidad, era lo único que tenía muy claro. Tan claro lo tenía que ni siquiera lo mantuve en secreto. No sólo me parecía un título único y original, sino perfecto para mi libro, que no podía haberse titulado de ninguna otra manera. Ni siquiera me preocupaba que alguien pudiera plagiármelo porque me parecía que el único libro capaz de responder a las expectativas sugeridas por el título era, por supuesto, el mío.
            Tan íntimamente convencida estaba de la originalidad de mi título que en ningún momento se me ocurrió buscarlo por Internet, por si acaso alguien lo hubiera utilizado antes. Tampoco a mi  representante ni a mi editor se les ocurrió hacerlo. Imaginen mi sorpresa cuando, hace unas semanas, descubrí por casualidad, como se hacen la mayor parte de los descubrimientos, que Santiago Rusiñol, un pintor y escritor nacido como yo en Barcelona y muy conocido en Cataluña, había escrito una novela titulada La niña gorda… ¡en 1914! Nada más ni nada menos que cien años antes de la publicación de mi libro. Me quedé petrificada, con la sangre helada en las venas. Y aún ahora no puedo dejar de preguntarme: si un título como ese, que tan indiscutiblemente mío me parecía, se lo he copiado a otro sin saberlo, ¿cuántas de nuestras ideas supuestamente originales son nuestras de verdad? ¿Hacemos algo más que quitar el polvo de ideas producidas por otros hace mucho tiempo y presentarlas, ilusos de nosotros, como si fueran recién nacidas, y nosotros sus orgullosos papás?
            Por suerte los herederos de Santiago Rusiñol, o bien no se han enterado de mi plagio involuntario, o bien no han querido denunciarme. ¿O es que acaso Santiago Rusiñol tenía dotes de vidente y fue él quien, mirando en su bola de cristal, vio que justo cien años después una mujer publicaría un libro titulado La niña gorda y fue él quien me robó el título a mí? Quédense ustedes con la opción que más les guste, pero yo, que detestaría tener al fantasma de Rusiñol enfadado conmigo y haciéndome Poltergeist, me voy ahora mismo a poner flores en su tumba. Aunque sólo sea por la lección que me ha dado sobre mi originalidad.


Mercedes Abad